El agujero para dos personas estaba unos metros metido en la arboleda, aprovechando una hondonada natural que evitaba las raíces de los arboles gracias a una roca que acotaba uno de sus lados.
Enrique evoca un recuerdo del pasado, había oído alguna vez hablar a su abuelo con su tío, charlando acerca de los viejos tiempos en el pueblo, entre pintas de vino y queso, echando de menos la juventud. Recuerda una tarde de otoño en el que estaban sentados aprovechando el soleado día antes de comer, mientras jugaba por el patio el niño que era Enrique. Recuerda el rojo que asomaba en las mejillas de su tío y esa frase cristalina tan afilada como el frío viento de ese noviembre:
–¡Mira! Vuelven a sangrar los rojos que enterramos en la parcela de Antón– Señalando el suelo rojo por las hojas, en una colina frente al patio de la casa de la familia Clemente. Era la colina donde iban los niños de noche para demostrar su valía, era la colina que no estaba cuidada y arreglada, era la colina de los tres arboles, era la colina de las historias de miedo, era la colina a la que una vez al año un hombre de fuera del pueblo venía a segar y a colocar unas flores, era la colina olvidada. En esa colina había una piedra como la que estaba viendo y los arboles eran del mismo tipo que los que ahora le acogían mientras echaba tierra sobre los dos cuerpos de los Renegados, esos hombres malnacidos. Seguramente que a aquellos rojos del pueblo su tío los llamaban también malnacidos, pero dudaba que hubieran hecho algo parecido a lo de estos depravados a los que estaba dando sepultura inmerecida. Había que ocultar los cuerpos, sino podrían llamar la atención de animales carroñeros, que a su vez fueran seguidos por salvajes como los malditos Renegados.

Ya habían enterrado a la muchacha en el huerto entre arbustos, la mujer de la casa aun seguía allí, silenciosa, inmutable, bañada en la sangre y sesos del hombre que destrozó su hogar. Había colocado unas piedras y unas flores encima de la tumba, arrodillada frente a ellas permanecía con la mirada incrustada en esa tierra, como si esa linea entre sus ojos y la tumba fuera un ancla, una unión que le impidiese salir volando por culpa del huracán desatado en su interior.
Enrique se compadecía de ella pero ahora estaba demasiado inquieto con la situación. Aunque estuvo inspeccionando la zona en busca de más renegados, el disparo de la escopeta podía haber llamado la atención de otras personas y eso nunca eran buenas noticias.
En otras circunstancias pondrían pies en polvorosa sin pensarlo, pero Andrés y Toni no querían dejar a la mujer allí y tenían un montón de preguntas que hacerle, pero ella no decía palabra, al menos todavía.
Ivan había inspeccionado la casa y creía que en ella vivían tres personas y que el que todavía no había aparecido podría ser un hombre de mediana edad. Enrique sabía que era muy posible pues, entre otras cosas, las pastillas de viagra (las cuales ahora estaban en su faltriquera) no era un objeto que dos mujeres gustaran de atesorar.
Ya estaba anocheciendo y no iban a tener más remedio que acampar aquí. Todos sabían que no era mal sitio, la actividad en la casa estaba bien disimulada y en verdad parecía abandonada. El par de ventanas rotas en una de las habitaciones del segundo piso era una buena triquiñuela. Y esa habitación sin lugar a dudas estaba bien aprovechada con unos cultivos hidropónicos caseros. Toni ya había remarcado que solo por eso debían permanecer hasta que pudiesen preguntar sobre ello a la mujer superviviente. Por todo ello Enrique estaba incomodo y esa noche tocaría hacer guardias.

Cuando vuelven Andrés e Ivan con las bicicletas ya es prácticamente de noche, se sientan en el salón y empiezan a compartir los víveres.
Enrique mastica ruidosamente, Toni lee un libro que ha encontrado mientras cena, Andrés ya ha terminado de cenar pues, como siempre, ha engullido su ración como un pato, Ivan bebe sorbos de agua entre bocado y bocado, masticando lentamente y con la mirada perdida, todos callan.
Al entrar la mujer en el salón todos permanecen quietos mirándola, ella hace lo mismo desde la puerta. La tensión se suaviza mientras la mujer busca por los armarios de la cocina y llega con una bandeja llena de diversos alimentos.

–Tomar, comer de esto, gracias por lo que habéis hecho– Cogió una silla y se sentó cerca de una ventana, de espaldas a ellos.

No queriendo desaprovechar la ocasión de comer de aquellos manjares enlatados que hacia mucho tiempo que no probaban, entre satisfacción pecaminosa y vergüenza desataron su gula. Latas de atún, de maíz, de fruta en almibar, de espárragos, de pimientos del piquillo, anchoas y diversas conservas que hicieron las delicias de nuestros viajeros.

–Después de cenar os quiero enseñar algo de debajo de la alfombra– Dijo la mujer siguiendo mirando por la ventana. Estaba calma pero de vez en cuando surgía un suspiro que indicaba que estaba llorando.
La entereza que demostró las horas siguientes fue conmovedora y el compromiso que adquirieron al ver lo que había en el sótano fue de una responsabilidad vertiginosa. No lo sabían, pero sus vidas cambiarían en ese momento y no volverían a ser iguales.