Colapsis (1) Camino del Duero

El sol no para de calentar el asfalto. Es mediodía, y el aire caliente que irradia la autopista, hace que respirar sea como tragar napalm ardiendo. Los campos de alrededor tienen ese color amarillento tan característico de la meseta, y más teniendo en cuenta que es pleno Junio y hace un par de semanas que no llueve ni se ve una sola nube de ese color gris indicativo de que está preñada de agua.

Un ave rapaz vuela en lo alto, ahí donde hay corrientes de aire caliente que permiten su planeo en busca de presas. Su vista depredadora observa algo raro que no sabe clasificar, algo que va sobre ese suelo gris que tanto le gusta pues es su mejor zona de caza. Un biólogo diría que es lógico, pues el calor que absorbe el asfalto y las cunetas de hormigón de la autopista hacen de ella un lugar ideal para las colonias de roedores, alimento que a este milano que sobrevuela le gusta sobremanera. Pero hace mucho que un biólogo no acostumbra a dedicarse a estudios ornitológicos y precisamente por eso, es por lo que el milano no distingue las figuras de los ciclistas pedaleando bajo el sol. No había nacido cuando esa autopista estaba infestada de coches y nunca vió humanos montados en esos aparatos.

A lo largo de la autopista, cada cierto tiempo se ve un grupo de árboles que podrían dar cobijo y sombra a los miembros de la expedición, y seguro que todos están deseosos de adentrarse en las altas hierbas y tomarse un descanso bajo esas copas de hojas más verdes. Es más, es casi seguro que todos y cada uno de ellos han coincidido, al menos medio segundo, en el pensamiento nada digno de cagarse en el Sol y en todos sus rayos uva. Pero en definitiva solo hay una cosa segura, aunque sea solo desde una perspectiva meramente paisajista; son pocas las cosas que alegran la vista en vez del monótono balanceo al viento de los altos hierbajos resecos, y sin duda esos grupos de árboles son una de ellas. Quizás alguna lagartija entre las hierbas del resquebrajado asfalto sea otra de esas. Quizás… Y quizás por eso el milano se lanza a por uno de esos lagartos.

Por todas estas circunstancias asfixiantes, no es de extrañar que el ritmo de pedaleo sea lento. Tampoco ayuda la cantidad de baches y grietas que hay que sortear. El firme de la autopista A-1 ha sufrido mucho con el abandono de los cinco años que han pasado, sufriendo las constantes agresiones de la intemperie y la naturaleza invasora, y eso que aquí el terreno es llano y la vegetación está bastante contenida por el clima seco de Castilla.

Es gracioso ver la comitiva de los cuatro ciclistas con sus carritos y alforjas, avanzando lentamente con sus ropas descoloridas, con pañuelos y gorras en sus cabezas. Gracioso porque recuerdan otros tiempos en los que se rodaba la vuelta ciclista a España, otros tiempos en los que de niño tu máximo anhelo era que te regalaran una bici… Bueno igual no es tan gracioso…
Cualquiera que estuviese viendo desde muy lejos su avance y apostase intentando adivinar qué es lo que circula por la autopista, no lo acertaría. Hace mucho tiempo que los vehículos rodados son poco vistos en movimiento. Fijándonos en las bicicletas vemos que hay mucha variedad de piezas haciendo que parezcan pequeños artefactos frankensteiños. Sin ir más lejos las ruedas están encintadas, las cubiertas se ven bastante remendadas con parches y eso sí, no parecen hinchadas con aire.
Se ve como el grupo alza sus cabezas poniendo más atención cuando ven que en mitad de la calzada hay coche. Lleva oxidándose años y ha dejado teñidas amplias zonas de suelo de un color que da escalofríos, un color que se asemeja demasiado a la sangre reseca, y eso es algo que han visto demasiadas veces. Tras una breve inspección, siguen su lento avance.

El tiempo pasa acompasado entre respiraciones fuertes y resoplidos, es más de vez en cuando se escucha, dando el contrapunto, alguna palabra rusa dicha en tono lúgubre. El resto del grupo no hace caso de estas palabras, no se sabe muy bien si porque no las entienden o porque saben que son cagamentos por tener que pedalear a esas horas del día. Ya es mediodía y la estampa de todos ellos es bastante trágica con todo ese sudor surcando sus caras ardiendo al rojo vivo.

El que suelta la retahíla en ruso, es el que desentona más, en un grupo de por sí bastante variado. Se nota que es de los países del este; tiene la piel más clara que el resto, con zonas quemadas con tonos carmesíes, los ojos de un color verde esmeralda y la típica fisonomía de rasgos agudos, aunque su color de pelo es negro brillante y no el supuesto rubio platino de los arios. Pero no destaca por nada de eso; destaca por su porte y su elegancia. Se le ve sufrir como todos los demás, pero aparte de los tacos que suelta por lo bajo, no hace ningún aspaviento y mantiene erguido su fibroso cuerpo sin dejar de dar pedales con unas piernas bastante musculosas. Más de uno se ha reído de él por ir con unas raídas mayas de un negro apagado por el uso, pero el desprecio de su silencio siempre es efectivo y ya nadie le dice nada. Complementando su indumentaria, en la parte de arriba lleva una camiseta blanca (o por lo menos de ese color era antes) de manga larga y un pañuelo multicolor atado a la cabeza.

A su lado va una chica menuda con la cabeza gacha y encogida sobre el manillar mirando fijamente la rueda del que tiene delante. Su larga melena castaña le tapa la cara, aunque todo el mundo sabe que sus pecas y ojos vivarachos compensan lo huraño de su carácter y lo poco que es dada a hablar. Las ropas deportivas que lleva acentúan su delgadez y hacen que sus miembros parezcan palillos que se van a romper de tanto dar pedales, no obstante es la que mayor ritmo de pedaleo lleva y sus movimientos repetitivos y exactos, no atisvan ni una pizca de cansancio.

De avanzadilla tenemos dos tipos a cada cual más diferente: Uno joven, el otro mayor. Uno de pelo largo de un castaño claro, el otro pelo canoso al cepillo con entradas. Este último con la piel morena curtida arrugada, el otro con un moreno dorado aceituna sin arruga alguna. El veinteañero un delgado larguirucho, el cuarentón chaparreto de anchas espaldas y barriga prominente. Cada cual con una vestimenta muy diferenciada; la camisa hawaiana y las bermudas del flaco hacen contraste con las ropas militares del gordinflón. Las gracias y ánimos joviales del primero, no permiten que haga sombra el carácter firme y pesimista del otro. Ciertamente es difícil encontrar una pareja tan variopinta, a no ser que intentemos recordar otros caballeros andantes, llamados Sancho y Quijote, cabalgando por un paisaje parecido.

Esta es la comitiva que pedalea rumbo sur, con el sol queriendo aplastarlos en el asfalto, en un mundo que hace mucho (concretamente cuatro años, siete meses y diez días) dejó de ser dominado por la raza humana. En un mundo donde los supervivientes, después de Colapsis, han tenido que sufrir la desaparición de sus seres queridos, luchando por los restos de la civilización, unas veces contra la naturaleza, otras en disputas con el resto de seres vivos.

Cazadores, carroñeros y rebuscadores. Eso son nuestros ciclistas: Supervivientes.

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