Colapsis (10) Bienvenidos al Averno

Después de atravesar las vides y un pequeño huerto oculto entre matorrales, Enrique y Andrés llegan a la pared de piedra de la casa. Llegan justo a tiempo para escuchar una frase que les pone alerta, no por lo que significa, sino por el tono perturbado con el que se dice: –Ahora te toca a tí–
Tras esa frase se oye un forcejeo y unos gemidos ahogados por lo que parece una mordaza y el golpeteo sobre una superficie de madera que, por el sonido tan característico, parece una mesa que cojea.

Unas toses acrecientan el tumulto de dentro, pero cuando cesan se oye: –Cállate puta– Y con un golpe seco cesa todo sonido que signifique intento de oposición.

Enrique hace una seña indicando que Andrés se quede en el sitio y marcha bordeando la planta baja. Andrés hace un gesto de protesta con los ojos abiertos y las manos extendidas, pero al final se queda en el sitio… Aunque solo por unos segundos, pues su curiosidad no le permite quedarse parado. Se dirige hacia la ventana abierta, que está por el lado por el que no se fue Enrique y que es por donde se oye todo lo que ocurre dentro de la casa. Todavía salen volutas de humo de ella y justo cuando asoma se da cuenta de que está ocurriendo en la casa.

De espaldas a la ventana, un hombre con un móvil de los antiguos está grabando lo que hace su compañero con una mujer atada y amordazada. Ese último hombre lleva un cuchillo largo que usa para cortar las ataduras de los pies de la mujer, que yace medio noqueada encima de una mesa de comedor. Justo al lado de la mesa, tirada como un despojo, está otra mujer desnuda con el cuerpo mutilado por una infinidad de cortes, empapando una alfombra con la sangre que mana de sus impúdicas heridas.

–Estás siendo muy mala– Dice mientras con el cuchillo palmea el hinchado pómulo reventado por el golpe que le acaba de dar. Enrique asoma un segundo por la ventana del otro lado, lo justo para ver la sonrisa despiadada de este hombre (si se le puede llamar así) que jugando con su cuchillo lo desliza por los labios sangrantes de la mujer, siguiendo el sinuoso movimiento por el cuello y desencadenando el corte rítmico de los tres primeros botones metálicos de la camisa. –¿Estás grabando?– Pregunta el psicópata maltratador que ve como su compañero le graba mientras lame la hoja del puñal. Después siguiendo con su recreación, recorre con el cuchillo el cuerpo, con un corte sin miramientos termina de desabrochar la camisa, dejando al descubierto el torso desnudo de la mujer. El botón desabrochado sale en dirección del cámara, que llamándole la atención, graba su trayectoria hasta el zócalo bajo la ventana que tiene a su espalda. Al volver la imagen lentamente hacia la mesa de torturas se fija en el rostro sorprendido de Andrés tras el batiente.

De la boca abierta que quiere dar la alarma solo sale un gorgoteo sanguinoliente. Enrique saca el cuchillo de la espalda del cámara justo para encararse con el otro individuo que, al estar ocupado manoseando y lamiendo un corte en el seno de la mujer, no se percata de él hasta que su compañero cae al suelo.

La pistola que lleva Enrique en su mano derecha apunta al centro de la frente, pero cambia de idea y la cara de sorpresa queda transfigurada por un grito de dolor al recibir un balazo en la rodilla. Antes de caer del lado herido, recibe la culata de la pistola en toda la cara rompiéndole la nariz. El cuchillo que sostenía al sujeto ha caído al suelo y Enrique se abalanza sobre él propinándole una serie de golpes que le dejan KO antes de que termine. Su cara ya no es reconocible, pero sigue vivo.

Ivan y Tony entran corriendo segundos después y quedan frenados por la macabra escena. Andrés sigue tras la ventana, ahora apoyado con las manos en el marco. Enrique está desatando las manos de la llorosa mujer con mucho cuidado y con suaves palabras que sorprenden viniendo de él la consuela: –Tranquila. Ya ha pasado todo. Ya no te pueden hacer daño– Una vez desatada la mujer aparta con fuerza a Enrique que queda un poco rígido. La mujer baja de la mesa y se tira en el suelo junto al cuerpo desnudo de otra mujer, pasando las manos temblorosas por las laceraciones que tiene el cuerpo, suavemente con cuidado, hasta que en un arrebato rompe a llorar y abraza el cuerpo empapándose con su sangre, desgarrando un grito y convulsionándose entre sollozos.

Nuestros aventureros no tienen palabras: Ivan mira la escena serio, Tony con los puños cerrados mira al suelo, Andrés sigue mirando desde la ventana, derrengado en el alfeizar con las manos en la cabeza, Enrique esta atando y amordazando al renegado que todavía sigue vivo.

El silencio del averno es la mayor tortura. No se oye ya ningún ruido, todos están parados y desde dentro gritan en silencio.

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