Colapsis (11) El sabor de la venganza

¿Os dais cuenta de esos sueños en los que te hayas en mitad del mar y de repente se pincha la balsa en la que vas, hundiéndote sin posibilidad de subir a flote? Con los miembros paralizados y sin poder hacer nada, viendo como la luz se va disipando a cada metro que bajas, hasta la oscuridad total y el ahogo absoluto.

Eso son sueños y de los sueños te despiertas. Pero ella tiene los ojos abiertos pero su cuerpo siente lo mismo que en esas pesadillas. Está sentada en el suelo apoyada en la pared, al lado del cuerpo de quien hace unas horas era un ser querido, con la mirada perdida en el mar de sangre que no ha podido absorber la alfombra del comedor donde están. El comedor de su hogar. Un hogar que ya no volverá a poder llamarse así, solo será una casa, un edificio en mitad de la nada.

Sus sentidos no perciben a la gente que se mueve y anda a su alrededor:

-Voy a echar un vistazo por los alrededores, espero que estos desalmados no pertenezcan a un grupo más grande de renegados. Y Andrés, por dios, no le quites ojo a ese hijoputa-

-Deberíamos tapar chica, ¿Tony no crees?-

-A mí me preocupa más ella que está viva, los muertos ya no importan Ivan-

Ni siquiera oye, no se da cuenta que se refieren a ella.

-Voy ver si tener algo para tapar el cuerpo y si tener pala para preparar funeral. “Box pastiyi yo”-

Esas palabras en ruso son tan incomprensible como el castellano que escucha. Ni siquiera percibe que se acerca alguien y se sienta al lado de ella. Sus sentidos han trascendido, bueno, más bien están todos ellos gritando dentro de la olla a presión en la que se ha convertido su corazón.

Siente algo en el hombro y ella gira su cara para ver que ha tocado su cuerpo, cuerpo del que reniega ahora mismo, cuerpo que siente sucio. Ve una mano y sigue la extremidad hasta enforcar una cara enmarcada con rizos negros.  No percibe el gesto de incomodidad y vergüenza que sigue a la retirada de la mano. Su mirada vuelve a hundirse en el mar oscuro de sangre.

Se escucha un quejido en el salón.

-Ni te muevas cabrón-

-¿O qué?. Al menos me dejaras colocarme en una posición más cómoda-
Escupitajo sanguinolento.

Al escuchar esa voz, su ritmo cardíaco se acelera y siente como si lava ardiendo empezara a bullir en su interior.

-Déjale, pero toma mi cuchillo por si se pone tonto-

-Pero…-

-¿Qué es que dejas que te de ordenes una mocosa?-

Unos pasos apresurados y un golpe.

-Tu cállate. Andrés mejor vete a ayudar a Ivan, igual necesita tu ayuda-

-Ya estoy. Traje una sabana para tapar la chica, Tony tiene razón, ven, vamos buscar la pala, fuera miré una caseta. Igual tiene una allí-

Una sabana tapa la sangre en la que estaba hundiendo su mirada, sacándola a flote y perturbando su suplicio. Ahora siente una necesidad; necesita tener un recuerdo, necesita despedirse, necesita un último momento.

Se arrastra hasta el cuerpo tapado por la sabana que por ciertos sitios va tornándose de blanco a rojo. Destapa la cabeza y se queda durante unos segundos mirando el rostro, antes de posar suavemente sus labios en la frente.

-Oh que bonito. ¿Qué era tu putita? Te jodí tu rollo bollo ¿eh?

-Cállate cabrón, te voy a cerrar esa puta boca-

Golpe y risa entre tos.

Levanta la mirada y ve a ese ser riéndose y escupiendo sangre, ese ser se convierte en el foco de todo el calor que acumula dentro de sí. Furia.

Mientras ve como una figura rasga un trozo de la sabana, ella se levanta y se dirige hacia la otra punta de la sala.

-Así te callarás de una puta vez, ya tendrás ocasión de hablar-

-Quita pu…- Se oyen balbuceos apagados.

Poco importa lo que está escuchando, ahora solo tiene un objetivo, todo está claro, solo queda  una cosa por hacer. Ya en la encimera de la cocina, el olor a quemado que sale de la olla se le incrusta con más fuerza en la nariz. Abre las portillas del mueble debajo del lavabo y desencaja el objeto que hay oculto justo en la parte superior.

Detrás de ella se oyen balbuceos y golpes.
-Estate quieto o te vuelvo a dar una patada y esta vez apuntare a tus joyitas-

Coge el objeto con firmeza, una mano siente el frío metal y la otra el suave tacto de la madera. Su dedo indice se mueve suavemente, con precisión, sabiendo donde colocarse y acariciando el metal gastado por el uso.
Se acerca con pasos ceremoniosos, ese ser infecto acaba de verla y ella agradece el miedo que percibe en sus ojos. Oh si, el fuego arde con más fuerza.

Los balbuceos advierten a la pequeña chica que le estaba dando la espalda, pero es demasiado tarde, cuando se gira la empuja fácilmente tirandola al suelo.

Los orificios de metal se enfrentan a unos ojos desorbitados y se escucha un pataleo que acentúa la aparición de olor a excremento recién depositado en los calzones del individuo.

BAM

 

 

La sangre caliente se desliza por la piel de sus brazos y su cara, es anestesiaste, es reconfortante y aviva la certeza: La boca babosa y asquerosa con apetitos repulsivos ya no existe, los lascivos ojos color mierda no van a volver a profanar la inocencia, esos dientes podridos no volverán a morder impúdicamente ningún cuerpo, esa nariz chata de boxeador ya no se podrá deleitar del olor a sangre y muerte.

El arma con los cañones humeantes cae al suelo, junto a un trozo de cuero cabelludo del que cuelga una frondosa mata de pelo de ese color rubio sucio y repulsivo que a ella le parecía un peluquín.

El sabor de la venganza se puede paladear en esa habitación. Es una mezcla de humo, pólvora, sangre y mierda.

 

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