Colapsis (5) Si me tocas te mato

El señor de bigote hace que se pare la expedición. Lleva cinco minutos con la mosca detrás de la oreja y ahora hace callar a todo el mundo con un profundo “chsss”
No le gusta que le toquen las pelotas y no suele decir nada. Igual por eso cuando habla o hace algún gesto, como ahora, todos le hacen caso.
Aprecia que algo huele raro, pero no oye absolutamente nada y la verdad es que con la hierba alta no se puede ver demasiado.

“Esto no me gusta pero no es el momento de pararse”  Es lo que piensa mientras hace un señal para continuar, manteniéndose alerta, buscando un sitio adecuado para observar mejor los alrededores.

A sus sesenta y un años aunque tiene una bonita barriga, se mantiene en muy buena forma y sus nervios parecen tensar todos los músculos de su cuerpo al mínimo movimiento o cambio que percibe su penetrante mirada. Es el típico policía de la vieja escuela, nunca habló de ello pero se quitó la venda de los ojos cuando, nada más empezar en el cuerpo, participó en la trama de los GAL. No es que se le pudiera culpar de gran cosa y el que se destaparse la trama no tuvo ninguna consecuencia en su carrera, es más el haber hecho de chofer y ver lo que hacía su padrino, que le intentaba inculcar que la verdadera justicia era lo que ellos hacían, sirvió para que fuera uno de los informadores acerca de lo sucedido. Con el paso de los de muchos años se dio cuenta que, todas esas soflamas que le dictaba su mentor, no eran más que las patrañas que nos creemos para aguantarnos a nosotros mismos, la realidad es que su maestro era un verdadero hijo de la gran… Pero eso llegaría después, pues cuando metieron en la cárcel a su padrino, él tomó el relevo e hizo verdaderos vilipendios sintiéndose orgulloso de ello. El recuerdo está muy enterrado, pero la frase que utilizaba como advertencia previa; “si me tocas te mato”, que pocas veces era condicional y muchas el arranque de su furia interior sin pretexto alguno, sigue resonando en su conciencia a día de hoy.

Toda su juventud transcurrió así hasta que la experiencia en las calles le dio unos cuantos golpes que le hicieron cambiar, avejentandolo amargamente, pero este no es momento de mencionarlo y menos aquí por escrito. Son las típicas cosas que se confiesan sentados en un bar, con más alcohol en sangre del que el hígado puede gestionar.

Bueno, ahora mismo sus ojos se fijan en un promontorio con un grupo de árboles, prácticamente a la vera de la autopista, unas decenas de metros más adelante. Ya sabe a lo que se van a enfrentar y tiene claro que hay que hacer.

–¡Vamos! ¡Rápido! Ir a ese montículo con árboles ¡Estar atentos!– No lo dice a un volumen muy alto, pero el tono de apremio hace reaccionar a todos al instante.

Dan pedales como verdaderos diablos de la carretera. Empiezan a oír ladridos y gruñidos entre las hierbas a ambos lados de la carretera se ve movimiento entre las hierbas. Cogen un poco de ventaja y en esos momentos se ven saltar al asfalto resquebrajado, por encima de los quitamiedos, unos cuantos mestizos de lobos. Sus pelos desgreñados y fauces dentadas hacen que los perros y lobos no se diferencien entre sí.

Ya en el claro que hay alrededor del montículo, la orden dada con esa voz autoritaria que sólo los agentes de la ley poseen, se oye alta y clara –¡A los árboles! ¡Venga correr!– Ya saben que no es moco de pavo enfrentarse a una jauría de estos perro-lobos y es que cada vez son más numerosos.

El cuchillo de monte que saca nuestro veterano brilla a la luz del sol, pero eso no amedrenta al primer perro. Mientras salta hacia él, el tiempo se ralentiza; puede apreciar que aunque se asemeja a un pitbull tiene más pelo, que de su enorme mandíbula, múltiples chorros de babas se descuelgan de los dientes al aumentar la apertura entre ellos, casi puede percibir el olor de su pelaje asqueroso acercarse más y más, hasta el instante en que están mirándose frente a frente: Los ojos del perro llenos de frenesí, los suyos gélidos como el hielo, ambos preparados para matar.

Rápidamente se desliza hacia un lado a la vez que clava su cuchillo de monte en el cuello del perro feroz.

No espera a que lleguen los demás perros, ayuda a la flacucha a subir cuando un perro le clava la dentadura en su gemelo. Da una patada refleja y se libra del atacante cuando se queda atónito al ver lo que aparece en el claro.

No duda en subir tan rápido como puede sin ver cómo, infructuosamente, otro par de perros-lobos intentaban alcanzarle saltando y raspando con las garras la corteza del árbol. Pero después de ese primer intento, los canes ya no se fijan en él, se quedan mirando la imponente figura que ha entrado en el claro y se mantienen a la expectativa, en posición de guardia, gruñendo con fiereza, los ojos clavados en la nueva presa… o amenaza…

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