Colapsis (6) Natura Imperecedera

Un resoplido, una pezuña raspando el suelo, un movimiento de testa cornada, esos son los gestos desafiando a toda la jauría.

El toro es enorme, todo un semental furioso que no gusta de la presencia de los perrolobos, esos que habían perseguido a nuestros ciclistas exploradores hasta el grupo de árboles. La escena que ven encaramados a las copas y ramas más altas, es digna de los antiguos documentales de National Geographic; la confrontación de los depredadores y los grandes herbívoros.

Mirando con más atención, se ve a la distancia un rebaño de vacas, con las crías en el centro y unos jóvenes toros posicionados a la expectativa.

La manada de lobos mestizos se va abriendo atentamente alrededor de la formidable figura del toro. Él no espera, arremete contra el más cercano con ímpetu, con agilidad el lobo se zafa y uno de sus compañeros, un joven pastor alemán con más pelo de lo normal, aprovecha para lanzarse sobre el cuello de la presa, pero el toro es rápido y se percata de ello; tan solo moviéndose un poco de lado y girando desde abajo la testa, estampa uno de sus cuernos en la parte baja de la mandíbula dispuesta a morder, el movimiento es tan rápido que solo se puede ver como sale girando, por los aires, el cuerpo inerte del perro, cayendo muerto junto a uno de los árboles. El grupo de acechadores se repliega y gruñe, gira entorno al toro e intenta rodearlo, el toro se ve más acorralado y no para de moverse de un lado para otro, en un momento que da la espalda a uno de los perrolobos, este se lanza hacia los cuartos traseros mordiendo el muslo, mientras otro compañero de cacería se tira hacia el abdomen del enorme animal. Este último no termina de hincar bien los dientes pues al sentir la otra mordida en su pata trasera se revuelve, da una coz que aparta al mordedor y girándose con presteza lanza múltiples cornadas certeras al agresor más cercano. Los demás lobos aprovechan y atacan, pero el toro, con el punto fijando, sigue arrastrando a cornada limpia al lobo que consiguió pillar. Ahora es todo muy caótico, los perrolobos en pos del toro mientras el toro se ceba con el que intentó morderle la panza, alguno de los perros lanzan dentelladas a los cuartos traseros, otros saltan hacia el lomo cayendo sobre los que corrían por los laterales lanzando mordidas por donde podían.

En ese momento, de entre las hierbas altas y resecas salen las figuras de los dos jóvenes toros, arremetiendo con toda la fuerza de su movimiento sobre los perseguidores del líder del rebaño.

El polvorín es tremendo, una nube de tierra va subiendo alrededor de todo el conflicto y los movimientos de atacantes y defensores quedan entremezclados en una confusión cada vez mayor.

– ¡Ahora! ¡Vamos, bajemos rápido, corramos a por las bicis!- Comenta el veterano, que al saltar sobre la pierna mordida, suelta un gruñido por el dolor.

Nuestro grupo de supervivientes aprovecha la ocasión para correr como alma que lleva el diablo. Saltando por encima del quitamiedos, recogen las bicicletas del suelo de la autopista y empiezan a dar pedales tan rápido como les permiten las piernas y el asfalto resquebrajado. El viejo policía, aunque sigue en plena forma, se ve mermado por la herida y queda un poco retrasado. Avanzan sin descanso y al ver que se separan mucho los unos de los otros, el ruso y la delgada rizosa reducen su ritmo para que no queden descolgados la pareja que nos recuerda a Quijote y Sancho.

Pasados diez minutos a buen ritmo, manteniéndose juntos, vislumbran un edificio. No dudan en dirigirse hacia él en busca de refugio, no vaya a ser que alguno de los depredadores les siguiese. El edificio es bastante moderno, destaca más de lo normal entre los resecos pastos de esta parte de Castilla.

Al acercarse más, después de pasar de la autopista, con la bici al hombro, a un camino paralelo que parece dirigirse hacia esa mole de una sola planta, al poco de avanzar, ven un edificio antiguo que no se veía desde la A-1 por culpa de una hilera de árboles: Vallado con un portón oxidado, se ve un caserón de dos plantas de un blanco desconchado en sus paredes, haciendo la construcción un poco tétrica. En la fachada principal se pueden ver las palabras: Po legas Pcrt a. Fijándose bien se llega a la conclusión de que la “B” se ha transformado en “P” al perder una de sus nalgas y que la “d” a perdido la panza y ha dejado una escuálida “l” con lo que “Po legas” es igual a “Bodegas” y la otra palabra posiblemente haya perdido un cacho de “o” y la “i” entera, de lo que hace años debía de haber sido “Bodegas Portia”. Seguramente unas bodegas de vino, de esas tan abundantes en esta zona.

No se paran, siguen con la bici en la mano, pues por este vial es difícil montar. Tras un terraplén de piedra con hierbajos por ahí incrustados, se ve algo parecido al metal oxidado de la techumbre de un edificio mucho mayor, también el hormigón de los muros con zonas ya cubiertas de musgo reseco o algún tipo de moho. Esta edificación es la que se distinguía desde la autopista y según se acercan ven la fachada frontal de cristales enormes (unos cuantos rotos) y de planchas de acero galvanizado con motas de óxido. Un edificio que se aprecia que es de construcción relativamente nueva y al cual no es difícil acceder, pues uno de los ventanales pegados a la puerta principal está destrozado, posiblemente a golpes.

Una vez atravesado el umbral, ya en el recibidor, se puede ver el cartel en letras luminosas ahora apagadas, “Bodegas Portia”. Estas bodegas no se han librado del pillaje y es que siempre es muy apetecible buscar un poco de uno de los mejores néctares que provee la madre natura.

1 comentario

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *