Colapsis (9) Highway to Hell

Os preguntareis cómo llegaron a esa casa en la que sucedieron esas atrocidades ¿no?
El camino al infierno es fácil, muy fácil, solo hay que coger la autopista.

Así fue como saliendo de las Bodegas Portia, con el estómago medio lleno (en este nuevo mundo no se suele uno jartar a comer), cogieron la autopista A1 siguiendo su camino hacia Aranda del Duero.
La tarde seguía siendo igual de calurosa, o más, pues el suelo de asfalto era como lava ardiendo.
Mientras seguían su camino tanto Tony; la chica morena rizosa y delgada, como Enrique el chaparreto veterano ex-policía, no dejaban de mirar hacia atrás, supongo que mirando si algún perro lobo los seguía, pero no solo eso. Si nos introducimos en sus mentes sabemos que algo les hurga en la nuca, tienen la sensación de que alguien les observa y se giran en un acto reflejo que no pueden evitar.

–Estar atentos, algo nos acecha– Dice por lo bajo Enrique.

Tony asiente, Ivan mira ladeando la cabeza y intentando escuchar algo raro.

–¿Qué pasa?– Dice Andrés en un tono alto y frenando su bicicleta, por lo cual recibe una mirada asesina de Enrique que le insta con un gesto a seguir pedaleando. Poniéndose a su lado y explicándole en voz muy baja, sin dejar de mirar hacia adelante, que disimule y que esté atento pues parece que alguien les ronda.

Así siguen dando pedales con la mosca detrás de la oreja hasta que, después de una hora, divisan en el horizonte una columna de humo.
En ese momento todos se paran y miran hacia la fina línea gris, que se deshace a una distancia que no saben apreciar si es cerca o lejos. Se miran unos a otros.

–Coger las bicis en la mano. Vamos a ver si encontramos un sitio cómodo para sacarlas de la autopista y esconderlas. Tenemos que inspeccionar el terreno y ver que está produciendo ese humo– Dice bastante serio Enrique, a lo que todos asienten.

Unos centenares de metros más adelante encuentran una zona sin casi terraplén y sin quitamiedos por donde meter las bicis. Se adentran en el campo hasta una zona de altas hierbas, donde gracias a un árbol que sirve de referencia, dejan las bicis y avanzan campo a través en dirección a la columna de humo. Ahora están mucho más cerca y mantienen el silencio procurando hacer poco ruido, mientras paso a paso, caminan entre hierba seca que cruje y suena con el roce de sus cuerpos.

Escuchan un grito desgarrador que cesa bruscamente.

Todos quedan petrificados con cara asustada, todos excepto Enrique que frunce el ceño y hace una mueca levantando el labio superior de medio lado, enseñando los dientes y dando un chasquido con su lengua. Se retuerce el extremo del bigote y escucha atentamente, mientras hace una señal con la otra mano abierta para que los demás se mantengan parados donde están.
Al no oírse gran cosa, avanzan entre la espesura. La situación les genera cierto desasosiego y el sonido de su avance les incomoda pues no pueden saber que hay un poco más allá, la visibilidad es reducida por culpa del terreno y además están subiendo una pequeña pendiente.
Al cambiar la rasante y comenzar a descender, vuelven a ver la columna de humo. Paran otra vez y ahora distinguen una risa entre sollozos que llega entre los matojos.

Andrés con voz baja dice: –¿No será mejor dejar lo que esté ocurriendo allí y seguir nuestro camino? No es que tengamos muchas armas– Su voz denota preocupación y duda.

Enrique lo mira con una de sus miradas duras y serias, tarda unos segundos en hablar.

–No. Hay que ir. Esos que están armando jaleo ahí pueden después cruzarse en nuestro camino. Ahora parece que están ocupados y tenemos una oportunidad. Además nos pueden informar de que vamos a encontrarnos en Aranda del Duero– Se queda pensativo oyendo con atención. –Nos acercaremos para escuchar mejor y ver que está ocurriendo exactamente–

Avanzan y pronto llegan a ver una casa en el linde de un pequeño bosque, con un jardín salvaje con vides en el lado más cercano. En esa fachada se puede ver una ventana abierta de donde sale el humo. Todo eso pasa casi desapercibido para nuestros supervivientes, toda la atención queda saturada con el sonido de madera golpeando, vete a saber el qué, a ritmo de los gemidos de una mujer.
Enrique no duda y va raudo hacia la casa. Andrés duda pero le sigue de cerca. Ivan y Tony han quedado un poco pálidos y en su mente giran imágenes que tienen de fondo sonidos parecidos a los que están escuchando. Ivan con sentimientos muy entremezclados de ultraje, censura, remordimiento, asco, rabia, perversión y ofuscación. Tony masticando el dolor, la vergüenza, la impotencia, la violencia, la ira, y la venganza.
Enrique baja un terraplén seguido de Andrés hasta una carretera, ambos haciendo bastante ruido. Al llegar a un muro de piedra que delimita la finca de la casa, se agachan y escuchan. Los ruidos siguen siendo los mismos, lo cual hace que se pongan en pie y salten por encima del cerramiento, de apenas metro y medio de altura, metiéndose entre las vides, acercándose a la barbarie que está ocurriendo en esa casa.

Acercándose al infierno.

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