Debajo de la alfombra no se veía nada, pero junto la chimenea la mujer coge una hoja metálica con forma de arpón, la mete por una ranura estrecha que hay en el suelo y destapa una portilla de la que descienden unas escaleras empinadas, casi verticales.

Bajan uno a uno detrás de ella. Unas luces fluorescentes se encienden y ven un laboratorio con un montón de cachivaches y pizarras con diagramas, esquemas y fórmulas incomprensibles.

–Este laboratorio es importante, podéis mirar todo con tranquilidad pero con cuidado, cuando terminéis estaré arriba y responderé las preguntas– Después de un largo silencio donde todos andan mirando a su alrededor, ya subiendo por las escaleras, se para y dice: –Así comprenderéis mejor lo que os tengo que pedir–

Están demasiado absortos para escuchar lo que les ha dicho y se quedan ahí mirando los microscopios, las neveras llenas de pequeñas probetas, los diferentes aparatajes, la campana de trabajo donde Andrés no puede contenerse y mete las manos en los guantes, los montones de cuadernos y papeles impresos, la estantería con libros de biología y de robótica. Tony queda ensimismada con unos cuantos diagramas pero pronto se frustra, le da rabia no haber podido estudiar, cree que podría haber comprendido muchas de las cosas técnicas que hay en esos escritos. Ivan lo mira todo con las manos cruzadas a la espalda, como si estuviera viendo una obra de arte en un museo. Enrique está haciendo revisión de todos los materiales que hay en una estantería, hay muchos utensilios y productos que podrían ser de valor para la comunidad.

Tony, al ver que no entiende nada de lo que hay en ese laboratorio,  sube a hablar con la mujer apelando a su sentido práctico, que les acaba de descubrir este insólito laboratorio oculto lleno de misterios, sugiriéndole un montón de preguntas.

Descubre a la mujer en la silla frente a la ventana y llorando toda compungida, a un metro de la silla había caído una cuartilla escrita a puño y letra, tirada con la tinta corrida por unas gotas que supone lágrimas, se acerca lentamente pues intenta no perturbar su momento. Coge el papel del suelo y le echa un vistazo:

Tú, diente león
Que si te esparces todo cerebro
paracaidistas van al rescate
Tú, siente león
que va volando semilla en verso
desgranando ya, aire de mente
Tú, vente león
que penetre en mí todo recuerdo
germinando así leve simiente
Tú, muerde león
Marfil hincado, no deja preso
habiendo dado, no indiferente
Tú, diente león

–Perdona– Interrumpe los llantos. –Se te calló esto–

La mujer tratando de recomponerse y con un brillo nuevo en los ojos, arrebata la hoja bruscamente de las manos de Tony. –Déjame– Continua con una brusquedad que contrasta con la delicadeza que aparentaba hace unos segundos cuando se agitaba entre sollozos quebrados.

–Lo siento no quería molestar… Sé que estará siendo un momento duro… Si quiere hablar con alguien, puede hacerlo conmigo…–

Aunque no contesta sigue con su mirada el paso corto de Tony hacia el sofá. –Me llamo Elsa– Dice cuando se iba a sentar.

Tony se gira y se acerca hacia una silla. Los demás esperan en el sótano pues justo en ese momento, Toni al verlos subir por la escalerilla, les indicó con un gesto enérgico que se quedaran ahí. Elsa no se percata de él pues está releyendo el poema. Su cara se tuerce conteniendo la tristeza.

–Lo conocí en la universidad, de aquella ni siquiera hablábamos, yo era un par de años mayor joven que él. Lo que hace el apocalipsis ¿eh? Una persona que antes no significaría absolutamente nada, se convierte en el eje central de tu vida. El me salvó ¿sabes?, bueno, supongo que es lo de siempre, todos nos hemos salvado unos a otros de algún modo. Y ahora mira…– Se queda mirando la hoja de papel con el poema.

–¿Quién era él?– Es lo único que se atreve a preguntar después de un ceremonial minuto de silencio.

–El se llama Leo y no niña no, no te atrevas a darle por muerto. Es más después de lo que os voy a contar iréis a buscarlo. Sí, eso es lo que haréis…–

Después de estas palabras, los del sótano subieron uno a uno y se sentaron para escuchar lo que esa misteriosa mujer tenía que contarles.
Ya veían que este viaje iba a ser incluso más complicado de lo que habían supuesto.

 

 

 

El agujero para dos personas estaba unos metros metido en la arboleda, aprovechando una hondonada natural que evitaba las raíces de los arboles gracias a una roca que acotaba uno de sus lados.
Enrique evoca un recuerdo del pasado, había oído alguna vez hablar a su abuelo con su tío, charlando acerca de los viejos tiempos en el pueblo, entre pintas de vino y queso, echando de menos la juventud. Recuerda una tarde de otoño en el que estaban sentados aprovechando el soleado día antes de comer, mientras jugaba por el patio el niño que era Enrique. Recuerda el rojo que asomaba en las mejillas de su tío y esa frase cristalina tan afilada como el frío viento de ese noviembre:
–¡Mira! Vuelven a sangrar los rojos que enterramos en la parcela de Antón– Señalando el suelo rojo por las hojas, en una colina frente al patio de la casa de la familia Clemente. Era la colina donde iban los niños de noche para demostrar su valía, era la colina que no estaba cuidada y arreglada, era la colina de los tres arboles, era la colina de las historias de miedo, era la colina a la que una vez al año un hombre de fuera del pueblo venía a segar y a colocar unas flores, era la colina olvidada. En esa colina había una piedra como la que estaba viendo y los arboles eran del mismo tipo que los que ahora le acogían mientras echaba tierra sobre los dos cuerpos de los Renegados, esos hombres malnacidos. Seguramente que a aquellos rojos del pueblo su tío los llamaban también malnacidos, pero dudaba que hubieran hecho algo parecido a lo de estos depravados a los que estaba dando sepultura inmerecida. Había que ocultar los cuerpos, sino podrían llamar la atención de animales carroñeros, que a su vez fueran seguidos por salvajes como los malditos Renegados.

Ya habían enterrado a la muchacha en el huerto entre arbustos, la mujer de la casa aun seguía allí, silenciosa, inmutable, bañada en la sangre y sesos del hombre que destrozó su hogar. Había colocado unas piedras y unas flores encima de la tumba, arrodillada frente a ellas permanecía con la mirada incrustada en esa tierra, como si esa linea entre sus ojos y la tumba fuera un ancla, una unión que le impidiese salir volando por culpa del huracán desatado en su interior.
Enrique se compadecía de ella pero ahora estaba demasiado inquieto con la situación. Aunque estuvo inspeccionando la zona en busca de más renegados, el disparo de la escopeta podía haber llamado la atención de otras personas y eso nunca eran buenas noticias.
En otras circunstancias pondrían pies en polvorosa sin pensarlo, pero Andrés y Toni no querían dejar a la mujer allí y tenían un montón de preguntas que hacerle, pero ella no decía palabra, al menos todavía.
Ivan había inspeccionado la casa y creía que en ella vivían tres personas y que el que todavía no había aparecido podría ser un hombre de mediana edad. Enrique sabía que era muy posible pues, entre otras cosas, las pastillas de viagra (las cuales ahora estaban en su faltriquera) no era un objeto que dos mujeres gustaran de atesorar.
Ya estaba anocheciendo y no iban a tener más remedio que acampar aquí. Todos sabían que no era mal sitio, la actividad en la casa estaba bien disimulada y en verdad parecía abandonada. El par de ventanas rotas en una de las habitaciones del segundo piso era una buena triquiñuela. Y esa habitación sin lugar a dudas estaba bien aprovechada con unos cultivos hidropónicos caseros. Toni ya había remarcado que solo por eso debían permanecer hasta que pudiesen preguntar sobre ello a la mujer superviviente. Por todo ello Enrique estaba incomodo y esa noche tocaría hacer guardias.

Cuando vuelven Andrés e Ivan con las bicicletas ya es prácticamente de noche, se sientan en el salón y empiezan a compartir los víveres.
Enrique mastica ruidosamente, Toni lee un libro que ha encontrado mientras cena, Andrés ya ha terminado de cenar pues, como siempre, ha engullido su ración como un pato, Ivan bebe sorbos de agua entre bocado y bocado, masticando lentamente y con la mirada perdida, todos callan.
Al entrar la mujer en el salón todos permanecen quietos mirándola, ella hace lo mismo desde la puerta. La tensión se suaviza mientras la mujer busca por los armarios de la cocina y llega con una bandeja llena de diversos alimentos.

–Tomar, comer de esto, gracias por lo que habéis hecho– Cogió una silla y se sentó cerca de una ventana, de espaldas a ellos.

No queriendo desaprovechar la ocasión de comer de aquellos manjares enlatados que hacia mucho tiempo que no probaban, entre satisfacción pecaminosa y vergüenza desataron su gula. Latas de atún, de maíz, de fruta en almibar, de espárragos, de pimientos del piquillo, anchoas y diversas conservas que hicieron las delicias de nuestros viajeros.

–Después de cenar os quiero enseñar algo de debajo de la alfombra– Dijo la mujer siguiendo mirando por la ventana. Estaba calma pero de vez en cuando surgía un suspiro que indicaba que estaba llorando.
La entereza que demostró las horas siguientes fue conmovedora y el compromiso que adquirieron al ver lo que había en el sótano fue de una responsabilidad vertiginosa. No lo sabían, pero sus vidas cambiarían en ese momento y no volverían a ser iguales.

 

¿Os dais cuenta de esos sueños en los que te hayas en mitad del mar y de repente se pincha la balsa en la que vas, hundiéndote sin posibilidad de subir a flote? Con los miembros paralizados y sin poder hacer nada, viendo como la luz se va disipando a cada metro que bajas, hasta la oscuridad total y el ahogo absoluto.

Eso son sueños y de los sueños te despiertas. Pero ella tiene los ojos abiertos pero su cuerpo siente lo mismo que en esas pesadillas. Está sentada en el suelo apoyada en la pared, al lado del cuerpo de quien hace unas horas era un ser querido, con la mirada perdida en el mar de sangre que no ha podido absorber la alfombra del comedor donde están. El comedor de su hogar. Un hogar que ya no volverá a poder llamarse así, solo será una casa, un edificio en mitad de la nada.

Sus sentidos no perciben a la gente que se mueve y anda a su alrededor:

-Voy a echar un vistazo por los alrededores, espero que estos desalmados no pertenezcan a un grupo más grande de renegados. Y Andrés, por dios, no le quites ojo a ese hijoputa-

-Deberíamos tapar chica, ¿Tony no crees?-

-A mí me preocupa más ella que está viva, los muertos ya no importan Ivan-

Ni siquiera oye, no se da cuenta que se refieren a ella.

-Voy ver si tener algo para tapar el cuerpo y si tener pala para preparar funeral. “Box pastiyi yo”-

Esas palabras en ruso son tan incomprensible como el castellano que escucha. Ni siquiera percibe que se acerca alguien y se sienta al lado de ella. Sus sentidos han trascendido, bueno, más bien están todos ellos gritando dentro de la olla a presión en la que se ha convertido su corazón.

Siente algo en el hombro y ella gira su cara para ver que ha tocado su cuerpo, cuerpo del que reniega ahora mismo, cuerpo que siente sucio. Ve una mano y sigue la extremidad hasta enforcar una cara enmarcada con rizos negros.  No percibe el gesto de incomodidad y vergüenza que sigue a la retirada de la mano. Su mirada vuelve a hundirse en el mar oscuro de sangre.

Se escucha un quejido en el salón.

-Ni te muevas cabrón-

-¿O qué?. Al menos me dejaras colocarme en una posición más cómoda-
Escupitajo sanguinolento.

Al escuchar esa voz, su ritmo cardíaco se acelera y siente como si lava ardiendo empezara a bullir en su interior.

-Déjale, pero toma mi cuchillo por si se pone tonto-

-Pero…-

-¿Qué es que dejas que te de ordenes una mocosa?-

Unos pasos apresurados y un golpe.

-Tu cállate. Andrés mejor vete a ayudar a Ivan, igual necesita tu ayuda-

-Ya estoy. Traje una sabana para tapar la chica, Tony tiene razón, ven, vamos buscar la pala, fuera miré una caseta. Igual tiene una allí-

Una sabana tapa la sangre en la que estaba hundiendo su mirada, sacándola a flote y perturbando su suplicio. Ahora siente una necesidad; necesita tener un recuerdo, necesita despedirse, necesita un último momento.

Se arrastra hasta el cuerpo tapado por la sabana que por ciertos sitios va tornándose de blanco a rojo. Destapa la cabeza y se queda durante unos segundos mirando el rostro, antes de posar suavemente sus labios en la frente.

-Oh que bonito. ¿Qué era tu putita? Te jodí tu rollo bollo ¿eh?

-Cállate cabrón, te voy a cerrar esa puta boca-

Golpe y risa entre tos.

Levanta la mirada y ve a ese ser riéndose y escupiendo sangre, ese ser se convierte en el foco de todo el calor que acumula dentro de sí. Furia.

Mientras ve como una figura rasga un trozo de la sabana, ella se levanta y se dirige hacia la otra punta de la sala.

-Así te callarás de una puta vez, ya tendrás ocasión de hablar-

-Quita pu…- Se oyen balbuceos apagados.

Poco importa lo que está escuchando, ahora solo tiene un objetivo, todo está claro, solo queda  una cosa por hacer. Ya en la encimera de la cocina, el olor a quemado que sale de la olla se le incrusta con más fuerza en la nariz. Abre las portillas del mueble debajo del lavabo y desencaja el objeto que hay oculto justo en la parte superior.

Detrás de ella se oyen balbuceos y golpes.
-Estate quieto o te vuelvo a dar una patada y esta vez apuntare a tus joyitas-

Coge el objeto con firmeza, una mano siente el frío metal y la otra el suave tacto de la madera. Su dedo indice se mueve suavemente, con precisión, sabiendo donde colocarse y acariciando el metal gastado por el uso.
Se acerca con pasos ceremoniosos, ese ser infecto acaba de verla y ella agradece el miedo que percibe en sus ojos. Oh si, el fuego arde con más fuerza.

Los balbuceos advierten a la pequeña chica que le estaba dando la espalda, pero es demasiado tarde, cuando se gira la empuja fácilmente tirandola al suelo.

Los orificios de metal se enfrentan a unos ojos desorbitados y se escucha un pataleo que acentúa la aparición de olor a excremento recién depositado en los calzones del individuo.

BAM

 

 

La sangre caliente se desliza por la piel de sus brazos y su cara, es anestesiaste, es reconfortante y aviva la certeza: La boca babosa y asquerosa con apetitos repulsivos ya no existe, los lascivos ojos color mierda no van a volver a profanar la inocencia, esos dientes podridos no volverán a morder impúdicamente ningún cuerpo, esa nariz chata de boxeador ya no se podrá deleitar del olor a sangre y muerte.

El arma con los cañones humeantes cae al suelo, junto a un trozo de cuero cabelludo del que cuelga una frondosa mata de pelo de ese color rubio sucio y repulsivo que a ella le parecía un peluquín.

El sabor de la venganza se puede paladear en esa habitación. Es una mezcla de humo, pólvora, sangre y mierda.

 

Después de atravesar las vides y un pequeño huerto oculto entre matorrales, Enrique y Andrés llegan a la pared de piedra de la casa. Llegan justo a tiempo para escuchar una frase que les pone alerta, no por lo que significa, sino por el tono perturbado con el que se dice: –Ahora te toca a tí–
Tras esa frase se oye un forcejeo y unos gemidos ahogados por lo que parece una mordaza y el golpeteo sobre una superficie de madera que, por el sonido tan característico, parece una mesa que cojea.

Unas toses acrecientan el tumulto de dentro, pero cuando cesan se oye: –Cállate puta– Y con un golpe seco cesa todo sonido que signifique intento de oposición.

Enrique hace una seña indicando que Andrés se quede en el sitio y marcha bordeando la planta baja. Andrés hace un gesto de protesta con los ojos abiertos y las manos extendidas, pero al final se queda en el sitio… Aunque solo por unos segundos, pues su curiosidad no le permite quedarse parado. Se dirige hacia la ventana abierta, que está por el lado por el que no se fue Enrique y que es por donde se oye todo lo que ocurre dentro de la casa. Todavía salen volutas de humo de ella y justo cuando asoma se da cuenta de que está ocurriendo en la casa.

De espaldas a la ventana, un hombre con un móvil de los antiguos está grabando lo que hace su compañero con una mujer atada y amordazada. Ese último hombre lleva un cuchillo largo que usa para cortar las ataduras de los pies de la mujer, que yace medio noqueada encima de una mesa de comedor. Justo al lado de la mesa, tirada como un despojo, está otra mujer desnuda con el cuerpo mutilado por una infinidad de cortes, empapando una alfombra con la sangre que mana de sus impúdicas heridas.

–Estás siendo muy mala– Dice mientras con el cuchillo palmea el hinchado pómulo reventado por el golpe que le acaba de dar. Enrique asoma un segundo por la ventana del otro lado, lo justo para ver la sonrisa despiadada de este hombre (si se le puede llamar así) que jugando con su cuchillo lo desliza por los labios sangrantes de la mujer, siguiendo el sinuoso movimiento por el cuello y desencadenando el corte rítmico de los tres primeros botones metálicos de la camisa. –¿Estás grabando?– Pregunta el psicópata maltratador que ve como su compañero le graba mientras lame la hoja del puñal. Después siguiendo con su recreación, recorre con el cuchillo el cuerpo, con un corte sin miramientos termina de desabrochar la camisa, dejando al descubierto el torso desnudo de la mujer. El botón desabrochado sale en dirección del cámara, que llamándole la atención, graba su trayectoria hasta el zócalo bajo la ventana que tiene a su espalda. Al volver la imagen lentamente hacia la mesa de torturas se fija en el rostro sorprendido de Andrés tras el batiente.

De la boca abierta que quiere dar la alarma solo sale un gorgoteo sanguinoliente. Enrique saca el cuchillo de la espalda del cámara justo para encararse con el otro individuo que, al estar ocupado manoseando y lamiendo un corte en el seno de la mujer, no se percata de él hasta que su compañero cae al suelo.

La pistola que lleva Enrique en su mano derecha apunta al centro de la frente, pero cambia de idea y la cara de sorpresa queda transfigurada por un grito de dolor al recibir un balazo en la rodilla. Antes de caer del lado herido, recibe la culata de la pistola en toda la cara rompiéndole la nariz. El cuchillo que sostenía al sujeto ha caído al suelo y Enrique se abalanza sobre él propinándole una serie de golpes que le dejan KO antes de que termine. Su cara ya no es reconocible, pero sigue vivo.

Ivan y Tony entran corriendo segundos después y quedan frenados por la macabra escena. Andrés sigue tras la ventana, ahora apoyado con las manos en el marco. Enrique está desatando las manos de la llorosa mujer con mucho cuidado y con suaves palabras que sorprenden viniendo de él la consuela: –Tranquila. Ya ha pasado todo. Ya no te pueden hacer daño– Una vez desatada la mujer aparta con fuerza a Enrique que queda un poco rígido. La mujer baja de la mesa y se tira en el suelo junto al cuerpo desnudo de otra mujer, pasando las manos temblorosas por las laceraciones que tiene el cuerpo, suavemente con cuidado, hasta que en un arrebato rompe a llorar y abraza el cuerpo empapándose con su sangre, desgarrando un grito y convulsionándose entre sollozos.

Nuestros aventureros no tienen palabras: Ivan mira la escena serio, Tony con los puños cerrados mira al suelo, Andrés sigue mirando desde la ventana, derrengado en el alfeizar con las manos en la cabeza, Enrique esta atando y amordazando al renegado que todavía sigue vivo.

El silencio del averno es la mayor tortura. No se oye ya ningún ruido, todos están parados y desde dentro gritan en silencio.

Os preguntareis cómo llegaron a esa casa en la que sucedieron esas atrocidades ¿no?
El camino al infierno es fácil, muy fácil, solo hay que coger la autopista.

Así fue como saliendo de las Bodegas Portia, con el estómago medio lleno (en este nuevo mundo no se suele uno jartar a comer), cogieron la autopista A1 siguiendo su camino hacia Aranda del Duero.
La tarde seguía siendo igual de calurosa, o más, pues el suelo de asfalto era como lava ardiendo.
Mientras seguían su camino tanto Tony; la chica morena rizosa y delgada, como Enrique el chaparreto veterano ex-policía, no dejaban de mirar hacia atrás, supongo que mirando si algún perro lobo los seguía, pero no solo eso. Si nos introducimos en sus mentes sabemos que algo les hurga en la nuca, tienen la sensación de que alguien les observa y se giran en un acto reflejo que no pueden evitar.

–Estar atentos, algo nos acecha– Dice por lo bajo Enrique.

Tony asiente, Ivan mira ladeando la cabeza y intentando escuchar algo raro.

–¿Qué pasa?– Dice Andrés en un tono alto y frenando su bicicleta, por lo cual recibe una mirada asesina de Enrique que le insta con un gesto a seguir pedaleando. Poniéndose a su lado y explicándole en voz muy baja, sin dejar de mirar hacia adelante, que disimule y que esté atento pues parece que alguien les ronda.

Así siguen dando pedales con la mosca detrás de la oreja hasta que, después de una hora, divisan en el horizonte una columna de humo.
En ese momento todos se paran y miran hacia la fina línea gris, que se deshace a una distancia que no saben apreciar si es cerca o lejos. Se miran unos a otros.

–Coger las bicis en la mano. Vamos a ver si encontramos un sitio cómodo para sacarlas de la autopista y esconderlas. Tenemos que inspeccionar el terreno y ver que está produciendo ese humo– Dice bastante serio Enrique, a lo que todos asienten.

Unos centenares de metros más adelante encuentran una zona sin casi terraplén y sin quitamiedos por donde meter las bicis. Se adentran en el campo hasta una zona de altas hierbas, donde gracias a un árbol que sirve de referencia, dejan las bicis y avanzan campo a través en dirección a la columna de humo. Ahora están mucho más cerca y mantienen el silencio procurando hacer poco ruido, mientras paso a paso, caminan entre hierba seca que cruje y suena con el roce de sus cuerpos.

Escuchan un grito desgarrador que cesa bruscamente.

Todos quedan petrificados con cara asustada, todos excepto Enrique que frunce el ceño y hace una mueca levantando el labio superior de medio lado, enseñando los dientes y dando un chasquido con su lengua. Se retuerce el extremo del bigote y escucha atentamente, mientras hace una señal con la otra mano abierta para que los demás se mantengan parados donde están.
Al no oírse gran cosa, avanzan entre la espesura. La situación les genera cierto desasosiego y el sonido de su avance les incomoda pues no pueden saber que hay un poco más allá, la visibilidad es reducida por culpa del terreno y además están subiendo una pequeña pendiente.
Al cambiar la rasante y comenzar a descender, vuelven a ver la columna de humo. Paran otra vez y ahora distinguen una risa entre sollozos que llega entre los matojos.

Andrés con voz baja dice: –¿No será mejor dejar lo que esté ocurriendo allí y seguir nuestro camino? No es que tengamos muchas armas– Su voz denota preocupación y duda.

Enrique lo mira con una de sus miradas duras y serias, tarda unos segundos en hablar.

–No. Hay que ir. Esos que están armando jaleo ahí pueden después cruzarse en nuestro camino. Ahora parece que están ocupados y tenemos una oportunidad. Además nos pueden informar de que vamos a encontrarnos en Aranda del Duero– Se queda pensativo oyendo con atención. –Nos acercaremos para escuchar mejor y ver que está ocurriendo exactamente–

Avanzan y pronto llegan a ver una casa en el linde de un pequeño bosque, con un jardín salvaje con vides en el lado más cercano. En esa fachada se puede ver una ventana abierta de donde sale el humo. Todo eso pasa casi desapercibido para nuestros supervivientes, toda la atención queda saturada con el sonido de madera golpeando, vete a saber el qué, a ritmo de los gemidos de una mujer.
Enrique no duda y va raudo hacia la casa. Andrés duda pero le sigue de cerca. Ivan y Tony han quedado un poco pálidos y en su mente giran imágenes que tienen de fondo sonidos parecidos a los que están escuchando. Ivan con sentimientos muy entremezclados de ultraje, censura, remordimiento, asco, rabia, perversión y ofuscación. Tony masticando el dolor, la vergüenza, la impotencia, la violencia, la ira, y la venganza.
Enrique baja un terraplén seguido de Andrés hasta una carretera, ambos haciendo bastante ruido. Al llegar a un muro de piedra que delimita la finca de la casa, se agachan y escuchan. Los ruidos siguen siendo los mismos, lo cual hace que se pongan en pie y salten por encima del cerramiento, de apenas metro y medio de altura, metiéndose entre las vides, acercándose a la barbarie que está ocurriendo en esa casa.

Acercándose al infierno.

Humo resaltando por encima de las copas de los árboles. Grito. Casa aislada a la vera de un bosquecillo. Cerramiento muro de piedra lleno de malas hierbas. Antigua construcción reformada, de dos plantas, una de piedra deteriorada por el paso de los años, otra moderna con un techo de paneles solares. Piedra gastada y hierro forjado, brillos de cristal oscuro. Ventana abierta por donde sale el humo. Insultos saliendo por ella, de una densidad tan pegajosa como el oscuro humo. Cristal sucio y polvoriento de otro ventanal, tras el cual las figuras se mueven a través de un estático e inmóvil mobiliario; cocina, comedor, salón, recibidor, parecen espectadores esperando lo peor dentro de la niebla de humo…

Cocina donde una pota en precario equilibrio sigue soltando los vapores de una comida quemada. La vitrocerámica está apagada, pero brilla un fulgor rojo anunciando que uno de los fogones está todavía caliente.

Comedor con una enorme mesa que cojea por un peso que no para de moverse encima de ella, cojea como tratando de desembarazarse de esos actos que la perturban.

Salón donde una alfombra se humedece de sangre que mana de una piel abierta, intentando consolar y enjuagar tal lloro afligido, absorber toda la pena de lo acaecido.

Recibidor desde el que entra el aire puro por una puerta entreabierta, como tratando, sin demasiado éxito, liberar al ambiente denso y sofocante.

Un hombre grabando con un móvil. Moviéndose pausadamente, con firme pulso, enfocando la figura inerte, recorriendo con el objetivo centímetros de piel, recreándose en la muerte, cual mosca encima de un cadáver.
Golpe seco. Un tipo con un cuchillo y una chica tirada encima de la mesa de madera labrada. La mesa deja de cojear.

Estas siendo muy mala.

Mujer grogui medio noqueada. Un cuchillo dando palmadas en un carrillo hinchado remarcando cada palabra. El filo deslizándose sobre unos labios reventados bajando hasta la camisa y cortando suavemente los botones mostrando, el pecho agitado y convulso de una respiración acelerada.

¿Estas grabando?

Gesto afirmativo. Sonrisa depravada. Movimiento lento delante del cámara lamiendo el cuchillo ensangrentado.
El filo lavado con babas se desliza desde el pie recorriendo curvas hasta el pecho.
Un corte preciso que demuestra un filo afilado, hace saltar un último botón que rueda por las baldosas de color indefinido.
Un último botón que se libera del hilo que lo aprisiona a la camisa, que se abre desbordando un seno abundante, que desvela una necesidad.
El botón rueda. Rueda siendo grabado por el móvil, rueda hasta tocar el zócalo bajo la ventana de la cocina.
El móvil se eleva. Por un momento encuadra una cara reconocible; el rostro de un Andrés  que abre la boca al ser sorprendido. El individuo que está grabando queda con la misma cara de susto que nuestro conocido doctor.
Antes de poder decir nada sus ojos se abren desmesuradamente.
Sigilo y un fuerte impulso que llegó por detrás.
Impulso que hizo penetrar hasta el mango un cuchillo de monte.
Cuchillo de monte que al salir del cuerpo salpica.
Salpica de sangre el móvil que cae al suelo.
Suelo de color indefinido que se vuelve carmesí con la sangre que brota del pecho, sangre sin alma, sangre de un cuerpo vacío que ha caído a las baldosas definiendo un nuevo contorno.  

El móvil sigue grabando desde el suelo, graba a Enrique, brazo y cuchillo gotean desde arriba. Una de las gotas cae y deja en fundido en rojo la imagen de furia de Enrique.
Furia estática que queda grabada así en un aparato que ya no sirve para este mundo, ya no sirve para lo que servía, sólo una función limitada. Solo graba a un par de pervertidos que creen que son las nuevas estrellas del porno. Creen preservar la decadencia de una civilización pasada. Creen que sus películas los hacen únicos e inigualables…

Creen…

O creían…

Se acaba de recoger el sonido de un disparo, queda almacenado como información digital de unos y ceros.

…Cero

Las cuatro figuras entran por el vidrio roto; el primero es Enrique, el veterano ex-policía que saca su puñal; después el de camisa floreada, el Doctor Andrés, demostrando su natural despreocupación con las manos en los bolsos de sus bermudas; tras éste la menuda Tony, que desde el momento que cruza la cristalera, se pone a buscar cachibaches útiles para sus trabajos en el taller; el último en entrar, cerrando el paso con sus maneras gráciles de bailarín, es Ivan.

 

Enrique se dirige hacia la escalera con paso firme y el cuchillo de monte en la mano. Como siempre va a dar una batida al edificio.

El doc se apoya en la barra de la recepción con la chulería que acostumbra.

Tony da la vuelta y se introduce por el otro lado de la barra donde hay un bonito estropicio de cristales rotos. Se pone los guantes de cuero y empieza a rebuscar.

Ivan se queda en medio del hall, observandolo todo en amplitud con las manos cruzadas a la espalda, cogiendose los codos.

El nombre de bodegas Portia con luces de neón reventadas donde prácticamente solo queda la base que conformaban las letras. Los espejos de esa pared todos resquebrajados. El polvo inundando todo el vestíbulo levantándose con los pasos y formando volutas que destacan gracias a los rayos de luz que traspasan los cristales sucios que todavía no están rotos. Todo esto es lo que está mirando Ivan, con regia seriedad, capturando su belleza decadente y tratando de pensar y asimilar el momento:

Hoy día arte significa otras cosas. Arte significa esencia primigenia entre caos…

-Jummmm-

Arquitectura original esta, no suele haber en la región cosas igual. Parece que aquí servían buenas comidas. No creo que mi gusto, aquí ser muy carnívoros… Tengo que mirar en tejados, trepando talud hasta el techo de edificio, si. Seguro que encuentro alguna lagartija o algo parecido, verdad, necesito proteínas, aunque no sea carnívoro.

 

Tras mucho cacharrear la que encontró algo fué Toni, siempre hay elementos electromecánicos que se pueden reciclar, pero su transporte es un problema y es consciente, de que no pueden cargarse con cosas que dificulten el principal objetivo de la misión. Todos los elementos que podrían servir para el pueblo los deja meticulosamente grabados en la base de datos de su tablet. Cuando los necesiten ya sabe donde venir a buscarlos.

 

Andrés consiguió que Enrique le dejase mirar la mordedura de su pierna. Limpió la herida, se la vendo adecuadamente y en estos momentos paseaban juntos por las bodegas comprobando si quedaba algo en los barriles. Tuvieron suerte y pudieron sacar con maña algo de vino. Todas las botellas habían sido expoliadas y solo quedaban las manchas y cristales rotos por el suelo, de lo que en un pasado, debía de haber sido una gran reserva.

 

Optaron por comer algo, en una de las mesas del comedor del restaurante que había en el mismo edificio. Por los restos de la decoración parecía ser bastante elegante, sobretodo para ser un sitio apartado de las grandes urbes y al lado de una autopista. Sacaron sus provisiones pues no estaban en un selfservice, no encontraron nada que se pudieran aprovechar en todo el edificio. Se pusieron a disponer una de las mesas del restaurante para comer, todo ello en silencio.

Ivan se había ido a la cocina con su pincho moruno de lagartijas y ahora volvía con ellas totalmente churruscadas y humeantes. Mientras caminaba hacia la mesa cercana a un ventanal donde estaban el resto de comensales, miraba todo a su alrededor pensando:

Un día de restaurante, quien pensaría esto. Diferente con el día de siempre y con comida exótica. Mejor mentalizarme, con tomate de huerta de pueblo más fácil comer.

 

Ya sentados todos a la mesa, Enrique hizo la señal de la cruz y se pusieron a comer, hacía tiempo que respetaban ese gesto antes de empezar a comer. Sabían que no era buena idea crear una discusión con él y es que, además, quien no tenía alguna pequeña manía después de un pequeño apocalipsis.

 

-¿Como puedes comer esa mierda?- Dice el doc.

-Tu comer cecina de nostras vacas que miran con ojos tristes cuando matas. Lagartos no miran igual. No es tan triste. Además bichos ricos ricos con tomate ¿Quieres?- Según lo dice corta por la mitad una lagartija, muerde el vientre abierto y justo después da un pequeño mordisco a un jugoso tomate procurando que su jugo no se derrame. El Doc torció el gesto y siguió comiendo su trozo de pan duro con cecina y compota de manzana.

 

Apartir de hay se hizo un silencio sepulcral donde solo se oía el masticar.

 

Desde luego… Aquí rodeada de hombres que no tienen ni idea de lo que tenemos que hacer. Protegiéndome, sí , sí… ¡Ja! Cuando son ellos los que llaman a los problemas a gritos. Iba mejor sola a mi bola, discretamente, si no fuera porque igual hay que cargar con mucho material…

Y ahora este pesado, porque no deja de mirarme el payaso del Andrés…

No me gusta cuando le veo atravesarme con su mirada y su sonrisita cuando lo descubro. Este doctorucho engreído es un creido y un pedante. Se lo dije a David, no lo quería en la expedición. Pero al final nuestro querido alcalde siempre tiene la última palabra, como para decirle algo… A saber sus razones. Lo que está claro es que no me gusta, es más divo que el ruso… Ivan al menos lo es por algo, antes era una estrella y ahora un incomprendido como yo… No respetan ni valoran nuestra labor y eso que la mía es más práctica. ¡Ja! Quisiera ver como se las arreglaban sin la electricidad en el pueblo. No saben lo difícil que es mantener… Al menos tengo el beneplácito del alcalde y me dejan tranquila con mis cosas. Prefería cuando estaba a mi bola, pero he de reconocer que en el pueblo tengo todo lo que necesito. Cuanto voy a echar de menos mi taller estos días.

Vaya… Enrique tiene mala cara, está mayor para estos trotes, pero bueno… no podíamos salir sin él.

 

Enrique tiene su mirada vacía puesta en la hornacina, mientras mastica pausadamente un trozo de carne seca. De repente alza la cabeza.

-Cuando retomemos el viaje estar atentos. Ya veis, aquí no queda nada y eso solo significa que alguien ha aprovechado y ha arrasado con todo. Estamos cerca de Aranda del Duero y puede que esta zona sea territorio de algún grupo de renegados. Había mucha botella rota en las bodegas y nadie en su sano juicio haría algo así con un buen ribera del duero- Después de este sermón, coge con las dos manos la hornacina que tenía sin tocar y bebe el vino que contiene, con delicadeza, como si estuviera consagrado. Todos saben que es alcohólico y últimamente no debe empinar el codo todo lo que quiere. Su cara parece que mejora después de trasegar con todo su contenido de un prolongado trago.

 

No todo los días se toma un ribera del duero gran reserva de más de diez años, y menos en los tiempos que corren.

Ya sabían antes de entrar que esto no iba a ser un self service de carretera, pero los pequeños tragos de vino reconfortaron sus corazones. Descanso merecido para los expedicionarios después de un día de correrías atravesando la A1.

Un resoplido, una pezuña raspando el suelo, un movimiento de testa cornada, esos son los gestos desafiando a toda la jauría.

El toro es enorme, todo un semental furioso que no gusta de la presencia de los perrolobos, esos que habían perseguido a nuestros ciclistas exploradores hasta el grupo de árboles. La escena que ven encaramados a las copas y ramas más altas, es digna de los antiguos documentales de National Geographic; la confrontación de los depredadores y los grandes herbívoros.

Mirando con más atención, se ve a la distancia un rebaño de vacas, con las crías en el centro y unos jóvenes toros posicionados a la expectativa.

La manada de lobos mestizos se va abriendo atentamente alrededor de la formidable figura del toro. Él no espera, arremete contra el más cercano con ímpetu, con agilidad el lobo se zafa y uno de sus compañeros, un joven pastor alemán con más pelo de lo normal, aprovecha para lanzarse sobre el cuello de la presa, pero el toro es rápido y se percata de ello; tan solo moviéndose un poco de lado y girando desde abajo la testa, estampa uno de sus cuernos en la parte baja de la mandíbula dispuesta a morder, el movimiento es tan rápido que solo se puede ver como sale girando, por los aires, el cuerpo inerte del perro, cayendo muerto junto a uno de los árboles. El grupo de acechadores se repliega y gruñe, gira entorno al toro e intenta rodearlo, el toro se ve más acorralado y no para de moverse de un lado para otro, en un momento que da la espalda a uno de los perrolobos, este se lanza hacia los cuartos traseros mordiendo el muslo, mientras otro compañero de cacería se tira hacia el abdomen del enorme animal. Este último no termina de hincar bien los dientes pues al sentir la otra mordida en su pata trasera se revuelve, da una coz que aparta al mordedor y girándose con presteza lanza múltiples cornadas certeras al agresor más cercano. Los demás lobos aprovechan y atacan, pero el toro, con el punto fijando, sigue arrastrando a cornada limpia al lobo que consiguió pillar. Ahora es todo muy caótico, los perrolobos en pos del toro mientras el toro se ceba con el que intentó morderle la panza, alguno de los perros lanzan dentelladas a los cuartos traseros, otros saltan hacia el lomo cayendo sobre los que corrían por los laterales lanzando mordidas por donde podían.

En ese momento, de entre las hierbas altas y resecas salen las figuras de los dos jóvenes toros, arremetiendo con toda la fuerza de su movimiento sobre los perseguidores del líder del rebaño.

El polvorín es tremendo, una nube de tierra va subiendo alrededor de todo el conflicto y los movimientos de atacantes y defensores quedan entremezclados en una confusión cada vez mayor.

– ¡Ahora! ¡Vamos, bajemos rápido, corramos a por las bicis!- Comenta el veterano, que al saltar sobre la pierna mordida, suelta un gruñido por el dolor.

Nuestro grupo de supervivientes aprovecha la ocasión para correr como alma que lleva el diablo. Saltando por encima del quitamiedos, recogen las bicicletas del suelo de la autopista y empiezan a dar pedales tan rápido como les permiten las piernas y el asfalto resquebrajado. El viejo policía, aunque sigue en plena forma, se ve mermado por la herida y queda un poco retrasado. Avanzan sin descanso y al ver que se separan mucho los unos de los otros, el ruso y la delgada rizosa reducen su ritmo para que no queden descolgados la pareja que nos recuerda a Quijote y Sancho.

Pasados diez minutos a buen ritmo, manteniéndose juntos, vislumbran un edificio. No dudan en dirigirse hacia él en busca de refugio, no vaya a ser que alguno de los depredadores les siguiese. El edificio es bastante moderno, destaca más de lo normal entre los resecos pastos de esta parte de Castilla.

Al acercarse más, después de pasar de la autopista, con la bici al hombro, a un camino paralelo que parece dirigirse hacia esa mole de una sola planta, al poco de avanzar, ven un edificio antiguo que no se veía desde la A-1 por culpa de una hilera de árboles: Vallado con un portón oxidado, se ve un caserón de dos plantas de un blanco desconchado en sus paredes, haciendo la construcción un poco tétrica. En la fachada principal se pueden ver las palabras: Po legas Pcrt a. Fijándose bien se llega a la conclusión de que la “B” se ha transformado en “P” al perder una de sus nalgas y que la “d” a perdido la panza y ha dejado una escuálida “l” con lo que “Po legas” es igual a “Bodegas” y la otra palabra posiblemente haya perdido un cacho de “o” y la “i” entera, de lo que hace años debía de haber sido “Bodegas Portia”. Seguramente unas bodegas de vino, de esas tan abundantes en esta zona.

No se paran, siguen con la bici en la mano, pues por este vial es difícil montar. Tras un terraplén de piedra con hierbajos por ahí incrustados, se ve algo parecido al metal oxidado de la techumbre de un edificio mucho mayor, también el hormigón de los muros con zonas ya cubiertas de musgo reseco o algún tipo de moho. Esta edificación es la que se distinguía desde la autopista y según se acercan ven la fachada frontal de cristales enormes (unos cuantos rotos) y de planchas de acero galvanizado con motas de óxido. Un edificio que se aprecia que es de construcción relativamente nueva y al cual no es difícil acceder, pues uno de los ventanales pegados a la puerta principal está destrozado, posiblemente a golpes.

Una vez atravesado el umbral, ya en el recibidor, se puede ver el cartel en letras luminosas ahora apagadas, “Bodegas Portia”. Estas bodegas no se han librado del pillaje y es que siempre es muy apetecible buscar un poco de uno de los mejores néctares que provee la madre natura.

Ahora que con estas cinco entradas he presentado a nuestros intrépidos supervivientes quiero explicar un poco como surgió esto de Collapsis. No se si he logrado trasladar, a estos personajes, ese matiz de personalidades con claroscuros que tanto me gusta. Para sentirlos como personas reales, en ellos creo que se tienen que mezclar bondades y maldades, conformando virtudes que no pueden desligarse de los pecados.

Arranquemos por el principio: Todo empezó con un sueño ajeno a mí.
Nunca se sabe de dónde puede venir la inspiración, pero las imágenes descritas esa mañana de domingo después de la frase; “he tenido un sueño rarísimo”, fueron el desencadenante de que, justo en ese momento, quisiera dejar constancia por escrito de ello.
(Espero que no fuesen sueños premonitorios)
Me invadió un sentimiento de premura tras lo que me habían contado con la persiana a medio subir. Con miedo a volverme a enredar entre las sábanas, me levanté y me puse delante del teclado. No tenía ninguna pretensión, solo me parecía que tenía que escribir para no olvidar, eso sí, con lagañas en los ojos. Resultó que según escribía las breves escenas, más tenía que escribir y así empecé con Collapsis.

Muchos ya sabéis que, estas entradas en el vloj, no son parte de la novela que empecé aquel día hace más de año y medio, pero puede que en un futuro estos personajes lleguen a juntarse con los de la ciudad tras los muros de hormigón, esos que en las 190 páginas que tengo escritas todavía no saben exactamente qué van a hacer.

Y es que este mundo post-apocalíptico que trato de describir, da cabida a múltiples entornos hostiles donde explayarse a gusto y poder desahogarse intentando decir que todo puede ser peor que en la realidad… aunque en el fondo no sea así.
Mi ficción la hago porque la necesito hacer, necesito convertir las locuras que ocurren ahora en cosas más terribles aún, meter a la humanidad en un atolladero monumental porque es su justo castigo y así expiar mis propios pecados de pereza por no involucrarme en la realidad actual. Necesito mostrar un mundo que no es tan diferente al nuestro para poder entresacar qué es lo que nos hace seres humanos e intentar entender qué queda de ello después de esta disección. ¿Cuales son los valores humanos que debemos fomentar para encontrar nuestro sitio en este mundo tan cambiante?
Vivimos en una sociedad que todo lo cuantifica y le pone clichés, de una rapidez voraz, donde no te da tiempo a ubicarte y si lo haces, descubres que eso ya ha cambiado, no sabes quien eres ni tienes las herramientas para saberlo, pues tu vida no la vives sino que la expones para que te digan como es.

Con la calma del apocalipsis apretó un stop para la humanidad e intento encontrarnos como individuos y como sociedad en un nuevo intento, donde necesariamente se tiene que reinterpretar todas las ideas y en la que seguramente se caiga en los mismos errores… o no.

Nos leemos!!!

P.D: Se que muchos queréis leer la novela, pero creo que tendréis que esperar a que haga una nueva revisión a conciencia… De momento espero que encontréis consuelo en esta historia paralela.